Cruel.-


Maté a dos sapos. A uno de ellos lo enterré en un enorme hormiguero y observé como los insectos himenópteros colorados le inyectaban su veneno. Al otro le até un petardo al que di fuego y luego detoné.

Maté a un gato –accidentalmente-. Estaba escondido debajo del auto de papá. Lo tomé por la cola e hice girar a rodeabrazo con la mala suerte de que, al soltarlo, su cabeza dio contra un paredón que lo desnucó en el acto.

Quemé el pecho de un amiguito con el tubo plástico que se encuentra en el interior de los sifones. Prendí fuego la punta y lo ensarté en su esternón.

Pinché los pies de mi abuelo con tachas que dejé al costado de su cama mientras dormía.

Hice desaparecer objetos de mi abuela con la finalidad de que creyera que se trataba de espíritus y perdiera su juicio.

Me burlé de compañeros feos, con dificultades de aprendizaje e indefensos.

Tercer grado, división "B".-


El colegio en el que cursé mis estudios primarios ganaba (por afano) el primer premio a la comunidad más indigente de José C. Paz. Hasta segundo grado cursé en una institución bilingüe en la que aprendí mis primeras y últimas palabras en italiano.

La economía de la familia –que nunca fue la de Mastellone hermanos- se hizo pedazos contra un paredón por aquellas épocas, razón por la que, al momento de achicar gastos, mi educación estuvo dentro de la lista de prioridades a recortar... Y bué.

Como nunca tuve problemas de adaptación, me integré sin ningún esfuerzo a la nueva escuela.

Durante los recreos, Amanda –más conocida como “la portera”- recorría cada aula dejando sobre el banco de los estudiantes un pebete de salchichón primavera y una naranja.

Cierto día interrumpió la clase ingresando al salón con nuestras viandas, generando la ira de la Señorita Noemí, quien la increpó por realizar el "delivery" fuera del horario estipulado.

Ante severa advertencia, Amanda argumentó su imprevista visita respondiendo que Verónica Fraga –una compañerita- se había acercado a la cocina pidiéndole que lleve la merienda al curso de inmediato (a pedido de la maestra).

Verónica Fraga se puso roja y bajó la mirada. La maestra le gritó: “Si vos tenés hambre nena, pedí un sandwich y comételo, pero no mientas diciendo algo que yo no dije! Nunca te mandé a pedir nada, querida!!!”. Se dirigió a Amanda y ordenó: “Andáte. Sólo dejá un sandwich para ella”. (Señaló a la nena con su uña esmaltada en color borra vino, tonalidad que, por cierto, le otorgaba un acabado agudo al dedo índice).

Estimo que debe haber sido una de las humillaciones más tempranas que Verónica Fraga recibió en su vida. Que hayan expuesto su hambre de manera tan cruda, pública y violenta no sólo debe haber logrado el vencimiento prematuro de creer que su miseria podía pasar inadvertida, sino que, además, fue mi primera experiencia en tomar conocimiento de las bestias sueltas que, por algún motivo no vocacional, trabajan como profesionales de la educación.

Treinta y tres.-


“Yo quiero ser como” es una expresión común cuando uno es chico. En consecuencia, suelen surgir nombres de familiares, personajes de ficción, artistas. Casi siempre el deseo responde a la identificación con ciertos aspectos del adulto que se escoge, tales como belleza, popularidad, profesión, inteligencia, bondad, simpatía...

Traté de recordar si de niño me ocurría lo mismo pero no apareció ningún referente al que adorara con el fanatismo suficiente como para “querer ser como él”. Sin embargo vino a mi memoria un deseo de la infancia: Cuando fuera grande quería tener las manos de mi papá.

Grandes palmas, recubiertas por una piel dura, curtida, resistente; ásperas al tacto, pero tiernas a pesar de lo groseras; dedos largos, fuertes, duros; herramientas capaces de levantar una pared y lustrar zapatos; de arrancar el pastizal más arraigado y armar con delicadeza un arbolito de navidadad, de lijar una pared y firmar un boletín.

Las manos de papá contaban su historia. Cada uno de los surcos que las atravesaban relataban en voz alta sus trabajos, sus logros, sus fracasos, su tristeza, su felicidad. Estaban llenas de experiencias, llenas de vida vivida.

El jueves 12 de noviembre cumplo 33 años. En medio de las reflexiones que ello implica miré mis manos. Ver que son exactamente iguales a las del viejo me puso contento. Más aún cuando noté que las mias tienen espacios libres, con lugar para el trazo de nuevas líneas.

Héterojuano.-


Son casi las cuatro de la mañana. Estoy sentado frente al ventanal que me permite ver el dibujo que los relámpagos trazan en el cielo. Llueve, hace calor y la humedad sofoca.

Hace un rato huí –una vez más- de la noche gay. Ya tenía los huevos al plato de la insistencia que algunos amigos manifiestan cuando llegan las doce del sábado y yo me resisto a salir, así que accedí.

Por cada baldosa pisada volaban cuatrocientos putos. Al levantar la tabla del inodoro aparecían nadando trescientos putos más. Gordos, flacos, altos, bajos, viejos, jóvenes, pelados, peludos, lindos, feos, relajados, en pose, ridículos, simpáticos, asquerosos: “Bienvenido a Palacio”, pensé, mientras trataba de encontrar el método más urgente para teletransportarme al Palacio de la Papa Frita.

Tengo serias dificultades para vincularme en el circuito nocturno gay, y parece ser progresivo. Se genera una metamorfosis extraña en los tipos que se juntan en una disco, entonces, un punto de encuentro que podría ser interesante, termina siendo un colectivo de hombres que, en las pocas horas empapadas de luces y ruido que dura la noche, sólo se ficcionan a sí mismos, generando un estereotipo con el que no logro identificarme , aunque lo intente.

Y me parece genial que los boliches estén hasta las pelotas de saltos y despreocupación al ritmo de la música electrónica, de verdad. A los 18 años yo no dejaba de curtirlos. Es sólo que me encantaría que existan espacios alternativos, pero cada vez que parece generarse alguno, termina transformándose en más de lo mismo.

A los trece años puse los huevos sobre la mesa y planteé mi homosexualidad sin prejuicios haciéndome cargo de la vida que, en adelante, iba a llevar. Nunca renegué de mi sexualidad, en absoluto, pero no termino de adaptarme a mi grupo de pertenencia y siento que ser gay es el aspecto que menos me identifica como tipo. Cada vez menos, creo.