Son casi las cuatro de la mañana. Estoy sentado frente al ventanal que me permite ver el dibujo que los relámpagos trazan en el cielo. Llueve, hace calor y la humedad sofoca.
Hace un rato huí –una vez más- de la noche gay. Ya tenía los huevos al plato de la insistencia que algunos amigos manifiestan cuando llegan las doce del sábado y yo me resisto a salir, así que accedí.
Por cada baldosa pisada volaban cuatrocientos putos. Al levantar la tabla del inodoro aparecían nadando trescientos putos más. Gordos, flacos, altos, bajos, viejos, jóvenes, pelados, peludos, lindos, feos, relajados, en pose, ridículos, simpáticos, asquerosos: “Bienvenido a
Palacio”, pensé, mientras trataba de encontrar el método más urgente para teletransportarme al
Palacio de la Papa Frita.
Tengo serias dificultades para vincularme en el circuito nocturno gay, y parece ser progresivo. Se genera una metamorfosis extraña en los tipos que se juntan en una disco, entonces, un punto de encuentro que podría ser interesante, termina siendo un colectivo de hombres que, en las pocas horas empapadas de luces y ruido que dura la noche, sólo se ficcionan a sí mismos, generando un estereotipo con el que no logro identificarme , aunque lo intente.
Y me parece genial que los boliches estén hasta las pelotas de saltos y despreocupación al ritmo de la música electrónica, de verdad. A los 18 años yo no dejaba de curtirlos. Es sólo que me encantaría que existan espacios alternativos, pero cada vez que parece generarse alguno, termina transformándose en más de lo mismo.
A los trece años puse los huevos sobre la mesa y planteé mi homosexualidad sin prejuicios haciéndome cargo de la vida que, en adelante, iba a llevar. Nunca renegué de mi sexualidad, en absoluto, pero no termino de adaptarme a mi grupo de pertenencia y siento que ser gay es el aspecto que menos me identifica como tipo. Cada vez menos, creo.